Llevamos dos días en los Andes ecuatorianos. Don Apolinario Qoeshpe nos invitó a su casa y aquí estamos.
Bajamos 4810m que conquistamos en el volcán Cotopaxi, abordamos un bus que nos dejó en Latacunga; en la feria artesanal compramos un par de ollas y unos vasos. De nuevo en el terminal tomamos un bus rumbo a Zumbahua, Corredor Central de Ecuador. Incluidos el conductor y quien cobraba los pasajes, todos los pasajeros eran indígenas Quichuas que hablaban en su idioma y nos llamaban “gringos”.
Atravesamos una pequeñísima porción de carretera en medio de los Andes durante dos horas. Montaña tras montaña forman un paisaje surreal, verdes retazos componen el río montañoso. Neblina. En medio del recorrido sacamos de la mochila un mapa, ubicamos el lugar en el que nos encontrábamos y seguimos con el dedo índice la ruta hacia el sur de Ecuador. En el bus, una pareja indígena nos escuchó hablar y nos recomendó lugares dónde quedarnos. Laguna Quilotoa, allá es bastante turista, – nos dijeron. Pero nuestro objetivo consistía en vivir durante una semana con una familia indígena que cultivara su tierra y nos enseñara cómo hacerlo. Unos puestos atrás, Don Apoliario Qoeshpe escucha nuestra conversación y pregunta en un español mal hablado qué tipo de cultivos queremos conocer. “Nosotros tenemos papa que está por salir, mi Comunidad los puede recibir. Bajemonos aquí y vamos a mi casa.” Nosotros estamos felices, lo que buscamos está en frente nuestro como un regalo de la vida. Sonreímos, damos las gracias y nos bajamos del bus en donde Don Apolinario nos indica.
En Zumbahua Don Apolinario, su hija, otros indígenas, Cristian y yo nos subimos en una camioneta y continuamos nuestro recorrido Andes adentro.
Viajamos en medio de inmensas montañas, algunas agrietadas por el paso de un río que la Comunidad nunca conoció.
Estamos a una hora de distancia en camioneta del pueblo más cercano, (Zumbahua) es una trocha que está en proceso de pavimentación gracias a la diligencia del nuevo gobierno ecuatoriano al mando del presidente Correa, por cierto reconocido por la mayoría de la clase trabajadora de Ecuador como un gran líder.
La Comunidad al finalizar el camino se llama Chicho. Nos bajamos de una camioneta vieja y destartalada. Pagamos un dólar por cada uno. Hombres, mujeres, ancianos y niños nos rodearon. Un hombre de ruana roja nos da la mano y la bienvenida a su comunidad. Es el máximo líder en la Comunidad. Unas cuantas casas en barro y una escuela pequeña construida en cemento es todo lo que hay en medio de los Andes poblado por la Comunidad Chicho. Neblina. En medio de un angosto y empinado sendero de barro humedecido por la permanente llovizna caminamos hasta llegar a la casa de la familia Qoeshpe. Tres chozas en barro y de techo en paja. Una es donde duermen los miembros de la familia, otra es la cocina y la tercera es donde se guardan las reservas de alimentos como Chocho, herramientas de arar la tierra y ropa colgada de alambres. En esta última permanecimos durante nuestra visita.
Doña María, la esposa de nuestro anfitrión esperaba en la cocina, junto a sus hijas y sus dos nietos (2 y 4 años) alrededor del fuego mientras preparaba papas y arroz. Nosotros teníamos unas cuantas latas de atún, verduras y un botellón de agua que entregamos a la señora, quien recibió todo agradecida aunque no supo disimular lo extraño que le resultaban nuestros víveres enlatados.
A 7 grados centígrados y dentro una cocina construida en barro, con un techo alto de paja, permanece una fogata pequeña que calienta nuestras botas húmedas. Todo el suelo es barro. Las caras de los pequeños evocan el mineral mojado. Pequeñísimas sillas construidas en madera son ofrecidas por Sarita, una de las hijas de los Qoeshpe. Damos las gracias a toda la familia por recibirnos en su casa y los platos calientes con papa hervida y arroz recién cocinado llegan a nuestras manos. Se comparte, además de los alimentos, algunas palabras. Mientras comemos escucho un ruido alrededor de los costales que no identifico. El fuego se opaca y Sarita saca de en medio de la leña aun sin quemar un tubo metálico por el que sopla e inmediatamente la brasa cobra fuerza. Me asombro. Se llama soplador me dice y se sopla a cinco centímetros del tubo y ahí tiene fuego siempre me explica en un español claro. Sonrisas. El ruido extraño proviene de innumerables cuy que caminan en medio de los costales llenos de arroz y pasta. Corren en en medio de nuestros pies. Sarita sonríe y trae una hierva que pone sobre el suelo. En cuestión de segundos salen estos animalitos uno a uno como depredadores a comerse la hierva. Dan las 7 de la noche, hemos terminado la comida y todos los miembros de la familia: Don Apolinario, doña María, sus dos hijas, el yerno y los dos pequeños nos enseñan el lugar en el que pasaríamos las siguientes 5 noches.
En la mañana nos invitan a pasar a desayunar. Neblina. Barro. Nuevamente el fuego está encendido en la cocina, la familia sentada alrededor del mismo espera por nuestra presencia para desayunar todos juntos. El desayuno: arroz recién cocinado con papas hervidas.
Caminamos hacia una colina. Azadones, costales, tarros plásticos y un burro nos acompañan. Sacamos 15 costales de papa. Tres tipos diferentes: “papa amarilla”, “chola” y “semi chola”. Se siembran las legumbres en mayo y en diciembre se recoge la cosecha de la papa, en quichua: Sagrana.
La mayoría de la papa recogida es llevada al mercado de Latacunga para ser vendida, la otra parte queda enterrada en la colina y se saca paulatinamente conforme a las necesidades alimenticias de la familia, es decir, a diario. El proceso de recolección de papa duró toda la mañana. Neblina. Una vez toda la papa sea extraída de la tierra, Don Apolinario y su familia sembrarán otra legumbre, pues son conscientes que de lo contrario la tierra se erosionaría, o como dice Don Apolinario: “Se cansa la tierra”.
De regreso a casa, sendero de barro colina abajo en medio de los cultivos de Chocho (semilla muy parecida al frijol) se escuchan niños jugando a repetir nuestros silbidos. La neblina solo permite observar el movimiento de las plantas. Estos niños asisten a una escuela con clases en español, después de los 15 años, una vez finalizada esta primera etapa no tienen opción educativa de ningún tipo.
Hombres y mujeres de todas las edades dedican los días enteros a suplir su necesidad primordial: el hambre. Para ello cultivan cuy, ovejas, vacas, gallinas y legumbres como la papa, el chocho y la cebada. No cuentan con sistema de acueducto de agua potable, electricidad, ni alcantarillado. No hay baños ni tecnologías de comunicación. Solo quienes transportan a los habitantes de Chicho hacia Zumbahua utilizan el celular como herramienta de trabajo.
La Comunidad Chicho es una comunidad que vive pacíficamente. Está conformada por 110 habitantes, quienes cuentan con escasos recursos tecnológicos para desarrollar la agricultura que es de lo que viven. Aunque la Unión Europea con su programa PRODECO ha ayudado en la existencia de un sistema de riego para sus cultivos, la gente de Chicho necesita campañas de educación respecto al tema de basuras, de hábitos de higiene, de aprovechamiento de suelos, que mejore la calidad de vida de sus habitantes.
Han pasado 5 noches y 6 días, nosotros debemos seguir con nuestra ruta hacia el sur, la familia Qoeshpe queda en sus inmensas montañas cubiertas por la neblina tras sus cultivos de papa y chocho. A Sarita, una de las hijas de Don Apolinario y Doña María le dejamos en un papel nuestros e-mails. “Pero yo no sé cómo usar esto” nos dice sin ninguna pena. Enseña a sus amigas alrededor el papel que le entregamos. Todas sonríen con picardía mientras nos acompañan a esperar la camioneta que nos llevará de vuelta a Zumbahua. “Pero en Latacunga hay internet con computadoras, les escribiré”, termina Sarita mientras nos ayuda a subir nuestras mochilas en el platón de la camioneta.


























































































