Sagrana

•December 21, 2010 • Leave a Comment

Llevamos dos días en los Andes ecuatorianos. Don Apolinario Qoeshpe nos invitó a su casa y aquí estamos.

Bajamos 4810m que conquistamos en el volcán Cotopaxi, abordamos un bus que nos dejó en Latacunga; en la feria artesanal compramos un par de ollas y unos vasos. De nuevo en el terminal tomamos un bus rumbo a Zumbahua, Corredor Central de Ecuador. Incluidos el conductor y quien cobraba los pasajes, todos los pasajeros eran indígenas Quichuas que hablaban en su idioma y nos llamaban “gringos”.

Atravesamos una pequeñísima porción de carretera en medio de los Andes durante dos horas. Montaña tras montaña forman un paisaje surreal, verdes retazos componen el río montañoso. Neblina. En medio del recorrido sacamos de la mochila un mapa, ubicamos el lugar en el que nos encontrábamos y seguimos con el dedo índice la ruta hacia el sur de Ecuador. En el bus, una pareja indígena nos escuchó hablar y nos recomendó lugares dónde quedarnos. Laguna Quilotoa, allá es bastante turista, – nos dijeron. Pero nuestro objetivo consistía en vivir durante una semana con una familia indígena que cultivara su tierra y nos enseñara cómo hacerlo. Unos puestos atrás, Don Apoliario Qoeshpe escucha nuestra conversación y pregunta en un español mal hablado qué tipo de cultivos queremos conocer. “Nosotros tenemos papa que está por salir, mi Comunidad los puede recibir. Bajemonos aquí y vamos a mi casa.” Nosotros estamos felices, lo que buscamos está en frente nuestro como un regalo de la vida. Sonreímos, damos las gracias y nos bajamos del bus en donde Don Apolinario nos indica.

En Zumbahua Don Apolinario, su hija, otros indígenas, Cristian y yo nos subimos en una camioneta y continuamos nuestro recorrido Andes adentro.

Viajamos en medio de inmensas montañas, algunas agrietadas por el paso de un río que la Comunidad nunca conoció.

Estamos a una hora de distancia en camioneta del pueblo más cercano, (Zumbahua) es una trocha que está en proceso de pavimentación gracias a la diligencia del nuevo gobierno ecuatoriano al mando del presidente Correa, por cierto reconocido por la mayoría de la clase trabajadora de Ecuador como un gran líder.

La Comunidad al finalizar el camino se llama Chicho. Nos bajamos de una camioneta vieja y destartalada. Pagamos un dólar por cada uno. Hombres, mujeres, ancianos y niños nos rodearon. Un hombre de ruana roja nos da la mano y la bienvenida a su comunidad.   Es el máximo líder en la Comunidad. Unas cuantas casas en barro y una escuela pequeña construida en cemento es todo lo que hay en medio de los Andes poblado por la Comunidad Chicho. Neblina. En medio de un angosto y empinado sendero de barro humedecido por la permanente llovizna caminamos hasta llegar a la casa de la familia Qoeshpe. Tres chozas en barro y de techo en paja. Una es donde duermen los miembros de la familia, otra es la cocina y la tercera es donde se guardan las reservas de alimentos como Chocho, herramientas de arar la tierra y ropa colgada de alambres. En esta última permanecimos durante nuestra visita.

Doña María, la esposa de nuestro anfitrión esperaba en la cocina, junto a sus hijas y sus dos nietos (2 y 4 años) alrededor del fuego mientras preparaba papas y arroz. Nosotros teníamos unas cuantas latas de atún, verduras y un botellón de agua que entregamos a la señora, quien recibió todo agradecida aunque no supo disimular lo extraño que le resultaban nuestros víveres enlatados.

A 7 grados centígrados y dentro una cocina construida en barro, con un techo alto de paja, permanece  una fogata pequeña que calienta nuestras botas húmedas. Todo el suelo es barro. Las caras de los pequeños evocan el mineral mojado. Pequeñísimas sillas construidas en madera son ofrecidas por Sarita, una de las hijas de los Qoeshpe. Damos las gracias a toda la familia por recibirnos en su casa y los platos calientes con papa hervida y arroz recién cocinado llegan a nuestras manos. Se comparte, además de los alimentos, algunas palabras. Mientras comemos escucho un ruido alrededor de los costales que no identifico. El fuego se opaca y Sarita saca de en medio de la leña aun sin quemar un tubo metálico por el que sopla e inmediatamente la brasa cobra fuerza. Me asombro. Se llama soplador me dice y se sopla a cinco centímetros del tubo y ahí tiene fuego siempre me explica en un español claro. Sonrisas. El ruido extraño proviene de innumerables cuy que caminan en medio de los costales llenos de arroz y pasta. Corren  en en medio de nuestros pies. Sarita sonríe y trae una hierva que pone sobre el suelo. En cuestión de segundos salen estos animalitos uno a uno como depredadores a comerse la hierva. Dan las 7 de la noche, hemos terminado la comida y todos los miembros de la familia: Don Apolinario, doña María, sus dos hijas, el yerno y los dos pequeños nos enseñan el lugar en el que pasaríamos las siguientes 5 noches.

En la mañana nos invitan a pasar a desayunar. Neblina. Barro. Nuevamente el fuego está encendido en la cocina, la familia sentada alrededor del mismo espera por nuestra presencia para desayunar todos juntos. El desayuno: arroz recién cocinado con papas hervidas.

Caminamos hacia una colina. Azadones, costales, tarros plásticos y un burro nos acompañan. Sacamos 15 costales de papa. Tres tipos diferentes: “papa amarilla”,  “chola” y “semi chola”. Se siembran las legumbres en mayo y en diciembre se recoge la cosecha de la papa, en quichua: Sagrana.

La mayoría de la papa recogida es llevada al mercado de Latacunga para ser vendida, la otra parte queda enterrada en la colina y se saca paulatinamente conforme a las necesidades alimenticias de la familia, es decir, a diario. El proceso de recolección de papa duró toda la mañana. Neblina. Una vez toda la papa sea extraída de la tierra, Don Apolinario y su familia sembrarán otra legumbre, pues son conscientes que de lo contrario la tierra se erosionaría, o como dice  Don Apolinario: “Se cansa la tierra”.

De regreso a casa, sendero de barro colina abajo en medio de los cultivos de Chocho (semilla muy parecida al frijol) se escuchan niños jugando a repetir nuestros silbidos. La neblina solo permite observar el movimiento de las plantas. Estos niños asisten a una escuela con clases en español, después de los 15 años, una vez finalizada esta primera etapa no tienen opción educativa de ningún tipo.

Hombres y mujeres de todas las edades dedican los días enteros a suplir su necesidad primordial: el hambre. Para ello cultivan cuy, ovejas, vacas, gallinas y legumbres como la papa, el chocho y la cebada. No cuentan con sistema de acueducto de agua potable, electricidad, ni alcantarillado. No hay baños ni tecnologías de comunicación. Solo quienes transportan a los habitantes de Chicho hacia Zumbahua utilizan el celular como herramienta de trabajo.

La Comunidad Chicho es una comunidad que vive pacíficamente.  Está conformada por 110 habitantes, quienes cuentan con escasos recursos tecnológicos para desarrollar la agricultura que es de lo que viven. Aunque la Unión Europea con su programa PRODECO ha ayudado en la existencia de un sistema de riego para sus cultivos, la gente de Chicho necesita campañas de educación respecto al tema de basuras, de hábitos de higiene, de aprovechamiento de suelos, que mejore la calidad de vida de sus habitantes.

Han pasado 5 noches y 6 días, nosotros debemos seguir con nuestra ruta hacia el sur, la familia Qoeshpe queda en sus inmensas montañas cubiertas por la neblina tras sus cultivos de papa y chocho. A Sarita, una de las hijas de Don Apolinario y Doña María le dejamos en un papel nuestros e-mails. “Pero yo no sé cómo usar esto” nos dice sin ninguna pena. Enseña a sus amigas alrededor el papel que le entregamos. Todas sonríen con picardía  mientras nos acompañan a esperar  la camioneta que nos llevará de vuelta a Zumbahua. “Pero en Latacunga hay internet con computadoras, les escribiré”, termina Sarita mientras nos ayuda a subir nuestras mochilas en el platón de la camioneta.

Altamar

•December 7, 2010 • Leave a Comment

En Mompiche la actividad pesquera inicia con el día. Las lanchas cargadas de pescados arriban a la playa, a pocos metros del barrio donde vive la mayoría de los pescadores. Se descargan langostas y distintos tipos de animales marinos. Las redes son desenredadas pacientemente, a veces este proceso dura hasta el medio día y parte de la tarde. Hay hombres en la arena esperando por la llegada de las lanchas para ayudar en su desplazamiento hasta la parte más alta de la playa. Una mujer con su bebé de brazos espera por la llegada de su esposo, también pescador.

Los pájaros carroñeros se enfilan alrededor de las redes y los espineles. Uno que otro curioso se detiene frente a las lanchas observan, hacen preguntas a los pescadores y continúan su camino.

Jóvenes y adultos trabajan en desenredar las langostas de las redes y sacar anzuelos de las bocas de los pescados. Se selecciona pescados de mariscos, y se llenan contenedores de pura fauna marítima.

Armando, Lelelo y otro pescador ponen un cilindro de madera debajo de la lancha intentando llevarla hacia el mar, el proceso es lento pero seguro. En cuestión de diez minutos estamos Cristian y yo abordando el vehículo que nos llevaría mar adentro durante diez horas, bajo la capitanía de Armando y su tío Lelelo, pescador hace 25 años.

La noche anterior estos dos hombres cortaron 60 pescados aproximadamente en pequeños trozos para usar como carnada.

Con el motor encendido y todos a bordo emprendemos nuestro viaje. El cielo se mantiene gris. Cuatrocientos anzuelos por cada espinel.

El espinel es el mecanismo de pesca utilizado por muchos de los pescadores de Mompiche localidad de Esmeraldas, Ecuador Sudamérica.

Cuarenta minutos de navegación “hacía afuera”, es decir, mar adentro. Armando confirma la aprobación del lugar con Lelelo para hacer el primer lanzamiento. Lelelo confirma, el agua está clara en este sector y no se ven banderines de otras lanchas sobre la superficie. Una vez apagado el motor y con la inmensidad del Pacífico Ecuatoriano a nuestro alrededor, Lelelo lanza al mar un banderín negro hecho de tela de costal amarrado en un extremo de una vara larga de madera. El banderín flota exitosamente gracias a unas botellas de gaseosa amarradas a la mitad de la vara de madera con un bloque de icopor, permitiendole cumplir con su objetivo: señalar a pescadores cercanos nuestra presencia en este sector.

De uno de los banderines se despliega un extenso hilo del que cuelgan los cuatrocientos anzuelos, cada uno atraviesa un pedazo de carnada. Algunos azules, otros negros. Al final del espinel, es decir, después del anzuelo número cuatrocientos hay otro banderín negro, con las mismas características del anterior que indica que hasta aquí llega nuestro tramo. El motor es encendido y nos desplazamos hacia otro lugar del mar. Otro banderín es lanzado al agua. Lelelo tira uno a uno los otros cuatrocientos anzuelos cuidando que cada uno tenga su carnada, pendiente de no enredar unos con otros. Los dos espineles están bajo el agua, nosotros esperamos en la superficie a que la suerte haga de las suyas. “Esto es cuestión de suerte” señala Armando. “Hay veces que se corre con mucha y se pescan kilos y kilos de puro animal, otras veces nos vamos blanqueados pa´ la casa”.

En medio del océano, en completo silencio y al vaivén de las olas Lelelo se recuesta en la parte delantera de la canoa. Saca un cigarro y lo enciende mirando hacia el cielo. Cristian no para de disparar su cámara, yo observo hacia el horizonte y Armando prepara una ensalada de atún con verduras que pone sobre galletas y nos ofrece con leche saborisada de fresa. Todos comemos, conversamos y nos reímos los unos de los otros. Pasa una hora y es momento de devolvernos en busca del primer espinel lanzado al mar. En el camino un tarro de plástico flota sobre la superficie. Lelelo se refiere a una tortuga que yo no veo en ninguna parte. Nos acercamos cuidadosamente. Una tortuga grande lleva enredado en su aleta un hilo verde que parece el flotador del banderín de algún pescador. Lelelo se inclina hacia afuera de la lancha y con un cuchillo afilado corta el hilo de la aleta permitiendo que el animal se sumerja inmediatamente.

Debemos continuar con nuestro viaje hacia el otro espinel. Este proceso se repite varias veces durante el resto de la mañana y la tarde. En un momento dado se acaba la carnada. Una de las Anguilas pescada es cortada en trozos por Lelelo.

Pescamos: pez “Guitarra”, “Pargo Rojo, Blanco”, “Pámpano”, “Rayas”, “Anguillas”, una “estrella de mar”, “Aguadas”, entre otras especies de pez que se escapan de mi memoria.

Mientras Armando recoge uno de los espineles, Lelelo se concentra en pinchar cada trozo de carnada fresca con anzuelos un poco oxidados.

A las 4 pm Armando decide regresar a Mompiche, la pesca no resulta lo que esperaban y el cansancio y el hambre nos obligan a volver. Cristian está mareado. Los truenos en el horizonte aseguran una tormenta. Banderines en la lancha, toda la tripulación en posiciones. Armando se coloca su chaqueta azul de pesca para protegerse del agua, enciende el motor y arranca con la fuerza de cuarenta caballos. Lelelo me ofrece un impermeable amarillo, lo acepto pero al intentar ponermelo tiene un par de enormes cucarachas de agua. Lanzo una risa nerviosa, Armando suelta tremenda carcajada. Lelelo agarra con su mano las dos cucarachas y las lanza al agua como si se tratara de un par de anzuelos más. Prefiero mojarme.

Después de cuarenta minutos de regreso en busca de la playa arribamos a Mompiche. Nuevamente la lancha “Dios sabrá mi regreso” es deslizada por dos troncos de madera en busca de su parqueadero fijo sobre la playa a unos cuantos metros del mar.

Esta vez Cristian se ve obligado a ayudar con el desplazamiento de la lancha, ahora nuestros amigos Armando y Lelelo están cansados.

Tres contenedores amarillos llenos de pescado son llevados hacia una casa cercana, pesados, contabilizados con cuadernos y lápiz. Armando y Lelelo se ven satisfechos, hay 80 kilos de pescado, y teniendo en cuenta que cada libra cuesta alrededor de 50 centavos (dependiendo del pez) el dinero del día parece ser suficiente para sus necesidades aunque los compradores lo vendan a más del cuádruple.

Los mejores pescados son previamente escogidos por los pescadores, esta vez cómo rara vez ocurre en Latinoamérica, lo mejor se queda en casa.

Trabajo en el cementerio de Tulcán

•December 7, 2010 • Leave a Comment

Es 30 de octubre y la celebración del día de los difuntos se acerca. Todos se preparan para festejar el ritual.

A 3001 metros de altura en  el cono sur y sobre la  cordillera de los Andes está Tulcán. Ubicada al norte del Ecuador, separada de Colombia por el puente Rumichaca.

Tulcán está por estos días más fría que de costumbre, 9 grados centígrados. Es una de esas ciudades del tercer mundo donde la gente es tímida al principio, pero pasados los minutos y el intercambio de una que otra palabra preguntando la hora o coordenadas, nos damos cuenta que son cordiales anfitriones dispuestos a guiar nuestras inquietudes.

Las calles huelen a humedad, los andenes y fachadas de las casas y diferentes negocios están construidos sin ningún tipo de diseño preestablecido. Muchos de ellos aún sin terminar de construir reconfirman que Ecuador es una de los países de Sur América en “vía de desarrollo”.

En una tienda cercana a la plaza central de Tulcán y acompañados por el frío decidimos comprar una “colada morada”, bebida típica del Ecuador. Es espesa, caliente y está hecha a base de frutas y hierbas medicinales  que nutre y a la vez ayuda a combatir el frío.

Soplo la colada antes de beberla, veo pasar ante mis ojos un ejercito de pequeños, adultos y ancianos con escaleras, cajas pequeñas de madera, palas y picas. Todos muy abrigados pero seguros unos tras de otros en su marcha. Me inquietan volteo a mirar a Cristian quien los observa igualmente. Se para rápidamente del asiento y pregunta al señor de la tienda por estas personas.  “Vamos al cementerio” ordena.

El cementerio de Tulcán es una oda a la muerte. Tiene hermosos y gigantezcos cipreses cortados de diferentes maneras formando todo tipo de figuras indígenas ancestrales. Cada uno de estos cipreses tarda quince años en estar listo para ser esculpido.

Adultos, ancianos y niños trabajan en beneficio de la bella estética del lugar. Limpian las tumbas, cortan el exceso de césped alrededor de las lápidas, pintan algunas y mejoran otras con flores artificiales de colores. Sin importar el servicio que prestan, estas personas son indeseadas por los administrativos del cementerio, argumentan que la belleza del lugar se ve opacada por su presencia.

Estas personas tienen la oportunidad de trabajo fijo una sola vez al año, vísperas al día de los difuntos, tradición en el Ecuador. Un día laboral empieza a las seis de la mañana y finaliza entre cinco y seis de la tarde. Niños y adultos ganan de diez a quince dólares por día laborado, lo cual es en promedio tres veces menos que el salario diario de un trabajador en el “primer mundo”.

Las familias que trabajan en el cementerio son indígenas desplazados por diversos factores. La sobre explotación del ecosistema ha hecho que pierdan acceso a sus recursos naturales. La segregación racial disminuye sus oportunidades laborales y en su condición no suplen necesidades básicas como: alimentación, salud, educación y vivienda. Viven en improvisadas casas en una de las montañas aledañas a la ciudad y sus barrios son considerados invasiones. Edifican sus casas con residuo de material de obras en las que de cuando en vez trabajan durante el año. El barrio Bolívar es una obra negra en medio del verde de los Andes ecuatorianos.

Durante ocho días estuvimos acompañando a estas personas en su rutina, incluso llegamos a compartir café caliente en sus casas y a conocer a sus abuelos.

En medio de la pobreza económica, de la precariedad de sus viviendas y de vivir rodeados de la muerte, impacta especialmente la realidad que viven los niños. Siento que algo de la niñez se pierde al adquirir la responsabilidad del centavo para la supervivencia. A sus 7 u 8 años, estos niños son parte activa del presupuesto familiar.

Stalin, Dylan, Paola, Jordan y muchos otros hijos de estos indígenas cumplen una jornada laboral en el cementerio de Tulcán una vez al año, pero asimismo, después de hacer lucir hermosa a la muerte,  juegan entre ellos y con sus perros, como cualquier niño en el mundo.

Mientras ciertas vidas terminan en lápidas, otras comienzan su recorrido alrededor de las mismas y es ahí donde luchan por sostenerse. En el corredor principal del cementerio se lee la cita “La muerte no es la extinción de la luz, es solamente apagar la lámpara porque llegó el amanecer.”

 
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